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Carlos Pezoa Véliz: poeta del pueblo, poeta de todos

Este enorme poeta chileno nació en 1879. Su poesía es un espejo donde refleja la injusticia que vivieron los más pobres de Chile. Tiene también poesía humorística y poesía intimista, en la cual hizo verdaderas pequeñas obras maestras.
Como Pedro Antonio González, contemporáneo de Pezoa Véliz, pero menos conocido que éste, fue un crítico social. Acusó fuertemente la matanza de la Santa María de Iquique. También habló de las injusticias que sufrían los trabajadores del campo. Todo tipo de miseria económica y humana fue expresada por su voz. Esa fue parte de la obra social-acusadora de Pezoa Véliz.
Además fue un magnífico cronista. También escribió cuentos. En el ente poético-social de este bardo es interesante encontrar en su poema Teodorinda los siguientes versos:“linda muchacha, crece de prisa…/¡Cuídala, viejo, como a una flor/. Esa muchacha llena de risa/ es un bocado que el tiempo guisa/ para las hambres de su señor.”
Expuesta queda aquí la imagen del poder del hacendado que puede disponer de las hijas de sus trabajadores. Imagen típica de comienzos del siglo veinte y de lo que aconteció también en el siglo diecinueve en un Chile dominado por la más rancia aristocracia terrateniente en que descuellan los Valdivieso, los Carrera, los Montt y otras familias.
Carlos Pezoa Véliz fue un hombre de ideas ácratas y fue marcado fuertemente por su repudio de lo religioso. Procedente de la clase media baja, Carlos Pezoa Véliz, es autodidacta. Trabaja incluso como profesor en algunos liceos y sus artículos y poemas aparecen en diarios.
Su vida, entre alegre y triste, se hundirá en lo segundo tras el terremoto de Valparaíso de 1906. Allí quedó con una leve cojera. Luego contrajo tuberculosis. Internado en el hospital San Vicente de Paul –en un tratamiento costeado por sus amigos del Ateneo de Santiago-, el gran poeta no pudo luchar con su enfermedad. Falleció en 1908.
Su obra, entonces, estaba dispersa. Fue tarea de otros publicarla en forma de libros. Así aparecen: “Alma chilena” (poesía, 1911); “Las campanas de oro” (poesía, 1920) y “Poesías, cuentos y artículos” (1927).
Nicomedes Guzmán –autor de “La sangre y la esperanza”- será quien, en 1957- reúna y prologue una antología de su obra. De toda su actividad literaria será en la poesía donde destaque con claridad. De allí que se le señale como el primer gran poeta chileno. Pezoa Véliz es el vate que abre el sendero de nuestra peculiar y maravillosa poética. Tras él vendrán los grandes maestros de nuestra poesía: Gabriela Mistral, Pablo Neruda, Pablo de Rokha y Vicente Huidobro.
Carlos Pezoa Véliz tiene su lugar claramente diseñado en ese género literario. La belleza de sus versos sencillos calan los sentimientos de todos los seres sensibles. Sus versos son como gotas de rocío en el despertar de un desierto: van construyendo paso a paso la arquitectura de una planta pequeña, al mismo tiempo que va poniéndole las flores. Hombres y mujeres de todas las edades y condiciones sociales se emocionan con “Nada” y “Tarde en el hospital”.
Reproduzco este último poema: “Sobre el campo el agua mustia/ cae fina, grácil,
leve;/ con el agua cae angustia: llueve…// Y pues solo en amplia pieza/ yazgo en cama, yazgo enfermo,/ para espantar la tristeza,/ duermo.// Pero el agua ha lloriqueado/ junto a mí, cansada, leve./ Despierto sobresaltado:/ llueve…// Entonces, muerto de angustia/ ante el panorama inmenso,/ mientras cae el agua mustia, / pienso.”
Trabajo breve, perfecto y bellísimo. Su gran musicalidad está diseñada con suma perfección. El vate fue capaz de expresar su soledad y su dolor con todo el drama que ello le significaba. “Tarde en el hospital” es uno de los mejores poemas de la literatura chilena de todos los tiempos.
Cuando uno ve una imagen, un dibujo, de la faz del poeta, se ve la figura de un hombre triste…hundido en la sensibilidad típica del bardo. Me recuerda el rostro nostálgico de Jorge Teillier, otro gran poeta nuestro. Allá en la SECH, allá en las Ferias del Libro de Santiago, donde intercambiábamos unas cuantas palabras, Teillier mostraba la tranquilidad de su vida con el semblante sombrío que, pocas veces, interrumpía con unas sonrisas muy leves.
Carlos Pezoa Véliz permanece y vivirá eternamente en las luces y sombras de nuestra poesía mayor.

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